Entendemos por qué se usa. Nadie quiere pasarse el verano de rodillas arrancando malas hierbas de un suelo ibicenco reseco a 35 °C, y cuando en el centro de jardinería le dicen que una tela acabará con las malas hierbas para siempre, suena a solución.
No lo es. Después de años diseñando y construyendo jardines en esta isla, hay pocas cosas que desaconsejemos a un cliente con tanta convicción como la malla antihierbas, y ya está puesta en muchos de los jardines que nos piden que llevemos.
Lo que se supone que hace
Se extiende una tela permeable sobre el suelo, que impide que la luz llegue a las semillas de las malas hierbas; se cubre con grava o corteza, y en teoría las malas hierbas dejan de salir. El primer año, más o menos, es así.
El problema es lo que pasa después.
Por qué no la usamos
Las malas hierbas vuelven, y lo hacen a través de la tela, no por los lados. Con el tiempo, el polvo y la tierra fina se van depositando encima. Eso basta para que las semillas germinen sobre la propia malla, con las raíces atravesando el tejido y anclándose debajo. Al arrancar una, la tela se rasga con ella. A esas alturas, la solución de verdad es levantarlo todo —malla, grava, todo— y empezar de nuevo.

En un jardín de obra nueva en Sant Antoni de Portmany: retirada durante la plantación, en lugar de descubrir años después que había fallado.
Mata poco a poco el suelo que hay debajo. Un suelo sano es un sistema vivo: bacterias, hongos, lombrices e insectos, que necesitan aire, agua y materia orgánica para seguir funcionando. La malla corta el intercambio de gases y separa la superficie de los procesos que la mantienen. En un clima mediterráneo, donde el suelo ya es poco profundo y pedregoso, eso es un coste real, y no pequeño. Un suelo muerto significa raíces débiles, y unas raíces débiles significan un jardín que nunca acaba de tener buen aspecto, por mucho que se riegue y se abone.
Rompe el ciclo de nutrientes. Las hojas caen, se descomponen, alimentan el suelo y las plantas toman lo que necesitan: un sistema que no cuesta nada. La malla impide que la materia orgánica llegue al suelo sobre el que cae. Lo que debería alimentar la tierra gratis se acumula encima de la tela, y el jardín acaba dependiendo del abono para hacer lo que habría hecho por sí solo.
Complica el riego. En suelo descubierto, una fuga se nota como una mancha oscura y húmeda en cuestión de días. Bajo la tela, el agua no tiene por dónde salir a la superficie: se extiende hacia los lados y puede estar perdiéndose durante meses sin que nadie la vea. Hemos levantado malla en jardines de los que nos hemos hecho cargo y nos hemos encontrado exactamente eso.

Una fuga encontrada bajo la malla antihierbas, invisible desde arriba.
Envejece mal. Los bordes se deshilachan, las esquinas se levantan, la tela se degrada con los rayos UV y empieza a romperse en tiras. El plástico negro asoma entre la grava después de un invierno lluvioso o de una tormenta. Un jardín debería ir a mejor con el tiempo, conforme madura la plantación; la malla va en contra de eso más o menos a partir del tercer año.
Lo que usamos en su lugar
Acolchado (mulch) orgánico. Una capa gruesa de astilla de madera, corteza o material compostado frena las malas hierbas porque les quita la luz, retiene la humedad del suelo, modera su temperatura y alimenta la tierra al descomponerse, igual que ya lo hacen el suelo de un bosque o el matorral mediterráneo. En los jardines que construimos usamos acolchado de grava —normalmente piedra caliza fósil amarilla, que encaja con la geología de la isla— o acolchado orgánico, que colocamos directamente sobre el suelo preparado. En ningún caso con malla debajo.
Una plantación densa y bien elegida. La mejor forma de frenar las malas hierbas a largo plazo es un jardín que no les deja sitio para instalarse. El lentisco (Pistacia lentiscus), la jara (Cistus), el romero, las gramíneas del género Stipa y el enebro (Juniperus) se extienden, enraízan en profundidad y dan sombra al suelo que los rodea: hacen más por controlar las malas hierbas que cualquier tela, y quedan mejor mientras lo hacen.
Mantenimiento constante y a tiempo. Una sesión corta de desherbado una o dos veces al mes, arrancándolas antes de que echen semilla, funciona mejor que cualquier barrera física a lo largo de una temporada. Reduce el banco de semillas del suelo año tras año: menos trabajo con el tiempo, no más.
Herbicida localizado, con moderación. No estamos en contra por principio: usado de forma selectiva, para limpiar el terreno al empezar un proyecto o para tratar una especie invasora persistente, tiene su sitio. Lo que no funciona es usarlo para compensar una malla que ha dejado de cumplir su función.
Si ya tiene malla puesta
Retirar malla y regenerar el suelo es uno de los trabajos que más hacemos. Supone más trabajo al principio que dejarla, pero el resultado es un jardín que funciona como debe funcionar un jardín, y no uno que lucha contra una capa de tela enterrada.
Si está pensando en un jardín nuevo, el dinero está mejor invertido en preparar el suelo, en elegir bien las plantas y en el diseño que en el rollo de tela que va debajo. Contacte con nosotros si quiere que veamos lo que tiene ahora.
Especies en este artículo
- Lentisco (Pistacia lentiscus)
- Jara (Cistus)
- Romero (Rosmarinus officinalis)
- Stipa (Stipa)
- Enebro (Juniperus)